Genio y figura

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—Días ha, mi querido Arturito, que tengo la conciencia muy escrupulosa y atribulada. Es infame mi modo de proceder con D. Joaquín. Indigno pago estoy dando a sus grandes beneficios, a su entrañable afecto, a la sublime confianza que en mí tiene. Dios podrá perdonarme porque es todo misericordia; mi marido es tan bueno que también me perdonaría si supiese lo que pasa, aunque sería muy capaz de morirse de pena: yo soy quien no me perdono, quien necesita romper este lazo criminal que nos une, si he de vivir en paz y si no he de seguir aumentando las causas de mi remordimiento y de mi vergüenza. Todo se lo he confesado al Padre García, mi confesor, que es un santo, severo consigo mismo y con sus prójimos indulgente. Pero, a pesar de su indulgencia, se resiste a darme la absolución si no me aparto para siempre del mal camino. Es, pues, necesario que nuestras relaciones concluyan.

Al llegar a este punto, Arturito se puso tan enternecido que las lágrimas asomaron a sus ojos. Rafaela lo notó y siguió hablando con mayor dulzura:






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