Genio y figura
Genio y figura Aquí se enterneció más Arturito y pasó de las lágrimas a los sollozos. Rafaela, algo conmovida y muy piadosa, se levantó de su asiento, se llegó a él y le dio para animarle tres o cuatro blandos cogotacitos con la blanca y linda mano. Volvió luego a sentarse lejos de él y con grave autoridad le informó de que andaba buscándole novia y aun le citó los nombres y le habló de las condiciones de tres o cuatro muchachas de la ciudad en quienes ella había puesto ya la mira.
—Tú eres muy buena, muy buena, decía Arturito; pero es inútil el trabajo que estás tomando. Yo no quiero casarme. Yo sólo me casaría contigo.
—Sí… hombre del diablo —exclamó Rafaela riendo—. ¿Qué crimen meditas? ¿Quieres matar a mi excelente D. Joaquín?
—Guárdeme Dios de semejante pecado —contestó Arturito—; pero si él buenamente se muriera…
—No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear la muerte de alguien, y más aún la de una persona que tanto te quiere.
En efecto, D. Joaquín, según su constante modo de ser, había concebido por Arturito la amistad más entrañable. Bien había querido al gaucho Pedro Lobo, pero a Arturito le quería mil veces más, por lo manso y apacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio, con quien tenía, desde hacía muchos años, estrechos lazos de amistoso compañerismo.