Novelas y cuentos completos

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El silencio de la mañana era absoluto. Balta sacudió la cabeza y empezó a rascar con la uña una salpicadura de barro en su leonado pantalón de cordellate. Pero, inmediatamente, cayó de nuevo en el mismo tema: su mujer. «¿No quiere ella a otro, quién sabe?…». A otro… Su pensamiento, al llegar a este punto, se caía, se ahogaba. Tal un remanso que de súbito se quebranta y se rompe en una pendiente. ¿Podía su mujer amar a otro? Otra vez sacudió la frente. Había hecho desaparecer la mancha de barro de su vestido. Púsose de pie, y estuvo así, inmóvil, un instante. El aire empezaba a agitarse con violencia y quiso arrebatarle el amplio sombrero de palma. Lo aseguró bien, y, como si no quisiera alejarse más de allí o estuviese atado a aquel pináculo, volvió a sentarse en el filo de la roca. Ahora se puso a pensar en lo bella y dulce que era Adelaida y en que él era, en cambio, tan poco parecido… Volvió a mirar el acantilado de la cordillera y se le trastornó la cabeza. Con la velocidad del rayo, cruzó por su cerebro la fugitiva idea, sutil, imprecisa, de un ser vivo, real, de carne y hueso, innegable, a cuya existencia pertenecía la imagen del cristal. Alguien es, indudablemente. Alguien debía ser. Balta demudose y vaciló. Creyó sentir en el aire una presencia material oculta, de una persona que le estaba viendo y oyendo cuanto él hacía y meditaba en aquel instante. Creyó percibir su aliento y, aun más, una palabra suelta, tañida en voz baja, muy bajita, que se escabulló rápidamente. Balta la buscó con las narices y los ojos y los oídos por entre las rugosas depresiones de la peña. Tenía encendidas las mejillas y los ojos inyectados de sospecha y de cólera. El viento volvió a soplar formidable y amenazador. Iba a llover.


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