Novelas y cuentos completos

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Como Adelaida no le respondiese y tratase más bien de ocultarle el rostro entre los pliegues de su traje, Santiago volvió a toser con mayor energía y estuvo limpiándose los pies de barro en la madera de la puerta, tratando de hacer notar su presencia por Balta. Arrojaba entonces sobre el pavimento del cuarto una sombra larga y gigantesca, mucho más grande que la de un hombre. La noche descendía muy negra.

Santiago iba engallándose y creciendo en rabia. Ahora sabía, de manera oscura también, que cualquiera que fuese aquel yugo, para él vago y desconocido, que oprimía y ligaba así a su hermana, había que echarlo abajo. Un nervioso coraje, de niño que se sugestiona en contra de un fantasma o en contra de una fuerza misteriosa y superior, le hizo parapetarse en el umbral, trémulo de una íntima fruición fraternal. Temblaba. Se puso a rayar con la uña el maguey del quicio. ¿Qué cosa? ¿A su hermana? ¿Qué cosa? ¿Quién? ¿Quién?…

Después se sentó en el poyo, siempre atisbando hacia adentro. Poco a poco el silencio se hizo completo en la casa. Santiago se quedó dormido.

Al despertar, se asustó. ¿Dónde estarían ellos? Llamó. Nada. Había una oscuridad espeluznante.

—Me han dejado —se dijo en voz alta—. ¡Adelaaaida!…


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