Novelas y cuentos completos

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El chuco estaba sudando frío. Se enjugó la frente y una lividez mortal cubrió su gran cara. En el patio del asilo, de vastos y elevados muros, le hicieron sentar en un poyo derruido. Le rodeaban los guardias y la enfermera más antigua del asilo, una dulce vieja aymará, vestida de lliclla negra. Ticu daba señales de suma postración. Su voz se hacía hueca y débil, apagándose. Aunque toda demostración de trastorno cerebral había cesado, inspiraba miedo su cráneo modelado, su rostro irregular, la expresión fenomenal y desnaturalizada de su conjunto. Singularmente, sus ojos daban miedo, esos ojos hundidos, simples, desmembrados, bajo aquella frente sin techo y sin alero, sacada a espetaperros al aire racional. Le miraban de lejos, frunciendo la nariz, como si estuviesen ante un cadáver que empieza a descomponerse. Volvieron a preguntarle:

—¿Para quién vaticinas?

Se encajonó aun más la frente, al través, de una a otra sien. El chuco estiró los brazos y las piernas, como un enfermo en su lecho y no respondió.

—¡Oye! ¿Para quién vaticinas? ¿O solo por puro gusto te untas el cuerpo con sabandijas vivas?…

—¡Déjale! —dijo la viejecita, lastimada de piedad en su corazón—. Déjale. No le atormentes. Ya no puede más.


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