Novelas y cuentos completos

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En medio de la muchedumbre ávida y conmovida, el Villac Uno, asistido del sacerdocio entero y en presencia de Túpac Yupanqui y su corte, realizó el solemne sacrificio. El pontífice buscó en las entrañas de la primera llama el secreto porvenir y el examen arrojaba compactas nubes de incertidumbre. Volviéndose al solio imperial, el Villac Uno agitó la diestra ensangrentada, trazando un signo en el aire y dijo con acento fatídico:

—Todo está incierto.

Siguió a la voz hierática un clamor lacerado de la multitud. El Inca permanecía tranquilo, con el santurpaucar en la izquierda mano. El pueblo, a cada palabra del Villac Uno, dirigía sus miradas hacia el Inca, solicitando la última señal de los destinos.

De algunos puntos de la plaza emergía uno que otro murmullo aislado: una rogativa, un sollozo ahogado, el lloro de un niño. Imperaba un silencio trágico y recogido. Los quechuas seguían los detalles del sacrificio, esforzándose en observar cuanto pasaba en el altar: los retorcimientos de agonía de la llama y el modo como quedaba al morir; los servicios litúrgicos alrededor de ella; el cambio de las lancetas de oros, de los lazos de púrpura y de los blancos lienzos; las caras de los sacerdotes, sus gestos, el movimiento de sus labios y de sus ojos. Si el Villac Uno ejecutaba un ademán importante, la muchedumbre palidecía en espera del oráculo.

El Villac volvió a decir, más abatido:


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