Novelas y cuentos completos

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Machuca fue y logró hacer venir a los dos yanquis. Entonces José Marino se deshizo en reverencias y atenciones para míster Taik, lo que, naturalmente, no modificó en nada las exigencias de la «Mining Society» en orden al tungsteno destinado a los Estados Unidos y a la guerra mundial.

—Una vez en el bazar —refería José Marino a su hermano en Colca—, volví a hablarle al gringo sobre el asunto y volvió a decirme que no eran cosas suyas, y que él tenía que cumplir las órdenes del sindicato, muy a su pesar.

—Pero, entonces —argumentaba Mateo—, ¿qué vamos a hacer ahora? En Quivilca mismo, o en los alrededores, no será posible encontrar indios salvajes. ¿Y los soras?

—¡Los soras! —dijo José, burlándose—. Hace tiempo que metimos a los soras a las minas y hace tiempo también que desaparecieron. ¡Indios brutos y salvajes! Todos ellos han muerto en los socavones, por estúpidos, por no saber andar entre las máquinas…

—¿Entonces? —volvió a preguntarse con angustia Mateo—. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué podemos hacer?

—¿Cuántos peones hay socorridos? —preguntó, a su vez, José. Mateo, hojeando los libros y los talonarios de los contratos, decía:


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