Damas oscuras
Damas oscuras Brentwood se yergue sobre ese leve promontorio situado entre Pentland Hills y el Firth, unas tierras hermosas y prósperas que se extienden en una de las zonas más ricas de la Escocia rural. En un dÃa claro, se alcanza a ver el resplandor azul (como un arco tensado que abraza los ricos campos de cultivo y las casas diseminadas) del gran estuario, extendiéndose a ambos lados, y justo detrás se distinguen las azules montañas, que no son tan gigantescas como aquellas a las que estábamos acostumbrados, pero sà lo bastante altas como para acoger todas las glorias de la atmósfera, el jugueteo de las nubes y los dulces reflejos que les confieren a las regiones moderadamente montañosas un interés y un encanto que ningún otro paisaje puede emular. YacÃa justo a nuestra derecha Edimburgo, con sus dos cumbres de cierta envergadura (el Castillo y Calton Hill), sus torreones y sus agujas hendiendo el aire lleno de humo; y Arthur’s Seat como una bestia agazapada tras el conjunto (un guardián que como ya no resulta demasiado necesario, disfruta de un momento de reposo al lado de su protegida, la carga adorada que actualmente, por asà decirlo, es capaz de cuidar de sà misma, sin necesidad de recurrir a él). Tanto desde el jardÃn como desde las ventanas de la salita de estar, alcanzábamos a contemplar toda esta variedad paisajÃstica. Sus tonalidades eran a veces un poco frÃas, pero otras también se animaban, colmándose de tantas vicisitudes como una obra dramática. Yo nunca me cansaba de aquellas vistas. Sus colores y su frescura reavivaban mis ojos, fatigados de áridas llanuras y cielos iluminados por un sol abrasador. Allà siempre me sentÃa contento, fresco y lleno de paz.