Damas oscuras
Damas oscuras La aldea de Brentwood se encontraba prácticamente debajo de nuestra casa, al otro lado del profundo barranco por entre cuyas rocas y árboles discurría, pendiente abajo, un torrente que, en realidad, debería haber sido un pequeño río encantador, selvático y retozón. El río, sin embargo, había sido sacrificado años atrás, como otros muchos de aquella comarca, al intercambio comercial, y estaba lleno de la mugre que en él vertían las fábricas de papel. Pero eso no había hecho disminuir del todo su encanto o, al menos, no en la misma medida que en el caso de otras corrientes. Tal vez se debiera a que nuestras aguas eran más rápidas, o quizá a que estaban menos contaminadas por la acumulación de porquería y de desechos. Nuestro rincón del valle era bonito y entrañablemente accidenté, estaba revestido de arboledas espléndidas, atravesadas por multitud de senderos que serpenteaban hasta la ribera y de allí se dirigían al puente que permitía vadear el río en la aldea. Esta se situaba en la hondonada, e iba trepando con sus prosaicas construcciones hasta alcanzar el lado contrario. Escocia no es una tierra que brille por el florecimiento de la arquitectura rural. Las planchas de pizarra azulada y la piedra gris son enemigas mortales del pintoresquismo, y aunque a mí, personalmente, no me desagrade el interior de, digamos, una iglesia anticuada, con sus reclinatorios caducos y sus púlpitos, con sus capillitas familiares en todos los flancos, esa caja cuadrada en mitad del campo, con su aguja en la torre como si fuera una manivela para elevarla, no supone ningún añadido para el paisaje. Y, pese a todo, un montón de casas apiñadas a distintos niveles, con retazos de jardines entre ellas, un seto con ropa tendida encima, la apertura a la calle, que nos brinda la oportunidad de socializar con los paisanos, las mujeres en las puertas de sus casas, un carromato que recorre pesadamente el conjunto… Todo le proporciona al paisaje un eje central. Además de conveniente por motivos pragmáticos, era una imagen que alegraba la vista desde cien perspectivas distintas. Sin alejarnos demasiado de casa, podíamos elegir entre multitud de opciones, pues el valle estaba siempre bellísimo, en todas sus fases, con los bosques verdes en primavera o anaranjados en invierno. En el jardín que rodeaba la casa, se hallaban las ruinas de lo que un día fue la mansión Brentwood, una casa de un tamaño mucho menor y mucho menos suntuosa que la sólida construcción de estilo georgiano que habitábamos nosotros. Las ruinas, pintorescas a pesar de todo, le conferían cierto empaque al lugar. Incluso nosotros, que no éramos otra cosa que inquilinos temporales en la localidad, nos enorgullecíamos vagamente de la vieja mansión, como si de algún modo arrojase sobre nuestra familia un cierto brillo, una cierta prestancia. El edificio contenía los restos de un torreón, un amasijo enmarañado de ladrillos cubierto de hiedra, y los restos de unas tapias que quedaban adosadas a él, medio sepultadas entre la arena. Nunca lo había examinado de cerca, me avergüenza reconocerlo. La zona inferior de los ventanales de una de las grandes estancias, o lo que lo fue en su día, de la planta principal se mantenía en pie, y por debajo de estos, una segunda hilera de ventanales, perfectamente conservados aunque medio sepultados entre la tierra que se había ido depositando a su lado, estaba recubierta de una capa de zarzas silvestres y de otras plantas oportunistas. Era la parte más antigua de todas. A escasa distancia de esta, otros fragmentos del edificio, carentes de interés, salpicaban el terreno. Uno de ellos en concreto suscitaba un sentimiento de leve patetismo debido a su ramplonería y al estado de ruina absoluta en el que se encontraba. Se trataba del extremo de un frontón bajo, un trocito de pared gris tapizada por una costra de líquenes, en la cual se abría un acceso de lo más corriente a la vivienda. Probablemente antaño habría sido la entrada de servicio, una puerta trasera o una abertura que daba a lo que en Escocia solían llamar «las oficinas». Ya no había ninguna «oficina» a la que acceder, la despensa y la cocina habían sido demolidas y nada quedaba de ellas, pero allí seguía aquel portal abierto sin propósito por el que se colaban con total libertad los vientos, los conejos o cualquier otra criatura salvaje. Durante mi primera visita a Brentwood ya me había llamado la atención, como una glosa llena de añoranza sobre la vida en épocas pasadas. Una puerta que no daba a ningún sitio, que acaso permaneciera en su día cerrada a cal y canto, y vigilada con temeroso esmero, pero que hoy había quedado desprovista de significado. Me impresionó, lo recuerdo bien, desde el primer momento, así que tal vez pueda decirse que mi mente estaba lista para atribuirle una importancia que no se justificada por nada.