Damas oscuras
Damas oscuras El verano fue para todos nosotros un período feliz, de reposo. La calidez de los astros hindúes aún corría por nuestras venas. Parecía como si nunca fuésemos a cansarnos del verdor, del frescor, del húmedo rocío de aquel paisaje norteño. Incluso sus brumas nos agradaban, pues nos iban liberando de la fiebre que nos había consumido, llenándonos de vigor y de frescura. En otoño seguimos la moda de la época y nos marchamos para tomarnos un respiro que no necesitábamos en absoluto. Fue cuando la familia se hubo asentado para pasar el invierno, cuando los días empezaron a volverse cortos y oscuros, cuando el riguroso reino de la escarcha se cernió sobre nosotros, cuando tuvieron lugar ciertos incidentes que en sí mismos justifican que yo venga ahora a alterar la paz del resto del mundo contando cosas que pertenecen a mi intimidad. Estos incidentes fueron, con todo, de una naturaleza tan curiosa que espero se me excuse por las inevitables referencias que hago a mi propia familia y a los asuntos de índole personal que me urgía resolver entonces.