Damas oscuras
Damas oscuras Yo estaba ausente, pues había viajado a la capital, cuando dieron comienzo los acontecimientos a los que me refiero. En Londres, un viejo emigrante se zambulle de nuevo en los intereses con los que se ha visto asociado durante toda su vida anterior, y se tropieza con viejos amigos a cada paso. Yo llevaba una larga temporada frecuentando la compañía de una media docena de ellos, regodeándome en el retorno a mi existencia pasada en la sombra, aunque me sintiera en lo sustancial muy agradecido por ella, demasiado como para relegarla a un papel secundario, y había desatendido en parte la correspondencia con mi hogar a causa de todo aquel trajín, pues iba de viernes a lunes a la casa de campo del viejo Benbow, y a la vuelta siempre nos parábamos a reponer fuerzas y dormir en Sellar’s y a echar un vistazo a los establos de Cross, lo cual nos ocupaba un día entero más. Descuidar la correspondencia con la familia es algo que nunca está exento de riesgos. En el tránsito que es la vida, como dice el Libro de las oraciones, ¿cómo puede estar uno seguro de lo que sucederá a continuación? Todo iba bien en mi hogar. Yo sabía exactamente (o eso pensaba) lo que me contestarían si preguntaba: «El tiempo ha sido estupendo, tanto que Roland no ha tenido que coger ni una sola vez el tren, ya sabes lo que le gusta ir cabalgando al colegio…» o «Querido papi: que no se te olvide nada, tráenos esto y lo otro…», seguido de una lista más larga que mi brazo. ¡Mis adoradas niñas y su querida madre, todavía más adorada! Yo no habría olvidado por nada del mundo sus encargos, ni perdido sus cartas, ni siquiera por todos los Benbows y Crosses del mundo entero.