Damas oscuras
Damas oscuras Yo partí apresuradamente aquella noche, como pueden suponer, muy intranquilo. No recuerdo bien lo que hice durante las horas que precedieron a la salida del tren. Sin lugar a dudas, todos debemos agradecer la rapidez del ferrocarril cuando nos invade una angustia semejante, pero, en este caso concreto, me habría aliviado enormemente poder arrojarme en brazos de una silla de posta en cuanto le engancharan los caballos. Llegué a Edimburgo muy temprano, en una madrugada aún oscura de invierno, y apenas me atreví a mirar la cara del criado cuando le pregunté: «¿Hay noticias?». Mi esposa había enviado al cochero con nuestra berlina, lo cual, me dije, era una mala señal, antes todavía de que el hombre pudiera abrir la boca. Él se limitó a contestarme con una de esas respuestas tan estereotipadas que la imaginación se acelera y concibe disparates: «¡Sin novedad!». Los caballos parecían desplazarse de puntillas sobre la larga y sombría carretera secundaria. Cuando ya entrábamos a toda velocidad en el jardín, me pareció oír unos quejidos entre los árboles, y cerré con furia el puño para enseñárselo a quien estuviera allí. ¿Por qué habría dejado la idiota de la guardesa que nadie entrase a perturbar la paz del lugar? De no haber tenido tanta prisa por llegar a casa, creo que habría parado el coche para salir y averiguar qué clase de vagabundo había elegido mis tierras para allanarlas, de entre todos los lugares del mundo (¡y además, cuando mi hijo estaba enfermo!), para echarle un buen rapapolvo y espantarlo. Pero no tenía ninguna razón para quejarme del ritmo de nuestra marcha. En el tramo final, los caballos parecían volar, y cuando llegamos por fin a la puerta resollaban sin aliento, como si hubiesen participado en una carrera. Mi esposa estaba allí de pie, esperándome, con el rostro pálido y una vela en la mano, lo cual la empalidecía todavía más, pues la brisa agitaba la llama hacia todos lados.