Damas oscuras
Damas oscuras Observé a mi pequeño desde la puerta de su alcoba, pues tanto su madre como yo temíamos entrar, por si perturbábamos aquel bendito sueño suyo. Parecía sumido en un sueño profundo, en lugar de en el letargo que, según mi mujer, se apoderaba de él de vez en cuando. Ella me lo contó todo en la habitación contigua, que se comunicaba con la del chico, levantándose a cada rato para acercarse a la puerta que quedaba entre ambas, detrás de la cual estaban pasando muchas cosas chocantes y perturbadoras. Según me relató, cuando comenzó el invierno, cuando empezó a anochecer temprano y la noche caía antes de que volviera del colegio, el niño empezó a escuchar voces entre las ruinas. Primero consistían en un simple alarido, dijo, que les había alarmado tanto a su poni como a él mismo, pero luego este fue transformándose gradualmente en una voz. Las lágrimas corrían por las mejillas de mi esposa mientras me describía cómo se despertaba de noche, sobresaltado, pidiéndole a gritos: «¡Oh, madre, déjame entrar! ¡Oh, madre, déjame entrar!», con un patetismo que le encogía a uno el corazón.