Damas oscuras

(RESUMEN)

Damas oscuras

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¡Y ella tenía que quedarse allí parada, sentada a su lado, cuando hubiese hecho cualquier cosa por complacer a su hijo! Pero, por mucho que tratara de consolarlo, y le dijera entre sollozos: «Estás en casa, cariño. Yo estoy aquí. ¿Es que no me conoces? Tu madre está aquí…». Él se quedaba mirándola fijamente sin reaccionar y, al cabo, daba un respingo y soltaba el mismo grito de siempre. En otras ocasiones, decía mi mujer, el niño se mostraba más razonable, le preguntaba cuándo llegaría yo, pero luego le aseguraba que tendríamos que ir los dos juntos a un sitio, «para dejarlos entrar». «El doctor cree que su sistema nervioso debe de haber sufrido una fuerte conmoción —se lamentó—. Oh, Henry, ¿puede ser que lo haya forzado demasiado con los estudios…, a un niño tan delicado como Roland? ¿Y qué son los estudios si se comparan con la salud? Incluso tú les quitarías importancia a las buenas notas o a las becas si todo eso dañase la salud del pequeño». ¡Incluso yo…! ¡Como si fuese un padre desnaturalizado, que sacrificara a su propio hijo en aras de la ambición! Pero no iba a agrandar el problema ofendiéndome por eso. Al cabo de un rato, me convencieron de que me echara a descansar y de que comiera algo, cosas que no había logrado hacer desde que recibiera las cartas. El simple hecho de haber llegado a mi destino era, por supuesto, un triunfo, y cuando tuve la certeza de que me llamarían en cualquier momento, en cuanto él se despertara y me reclamara, me sentí capaz, incluso con la luz crepuscular y heladora de aquella madrugada, de conciliar el sueño durante una o dos horas robadas. Evidentemente, estaba tan extenuado por el esfuerzo y por los nervios, y mi hijo se había serenado tanto al verme allí, que no me molestaron hasta la tarde siguiente, cuando las luces del crepúsculo empezaron a caer de nuevo. Quedaba la claridad justa para distinguir los rasgos de su cara cuando me acerqué a la cabecera de su cama… ¡Qué cambio se había obrado en apenas dos semanas! Estaba todavía más pálido y más desmejorado, pensé, que en aquellos espantosos días que habíamos pasado en las planicies de la India, justo antes de partir. Noté que le había crecido el pelo, que le colgaba lacio y sin gracia, y sus ojos se habían transformado en dos focos deslumbrantes que lanzaban reflejos desde su blanco rostro. Él me tomó la mano con la suya, que sentí como una garra fría y trémula, y me apretó. A continuación, hizo un gesto con la otra mano para ahuyentar a todos los demás.

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