Damas oscuras
Damas oscuras —Marchaos. Todos…, hasta mamá. ¡Marchaos! —A ella esto le dolió en el alma, porque no le agradaba que nadie, ni siquiera yo, gozase de mayor confianza con el niño que ella misma, pero mi mujer no suele anteponer sus propias apetencias a las de los otros, de modo que nos dejó solos sin rechistar.
—¿Se han ido ya todos? —preguntó él, animándose de pronto—. No me iban a dejar hablar… El doctor me trata como si fuese idiota. Y tú sabes que yo no soy idiota, papá.
—SÃ, sÃ, hijo mÃo, lo sé, pero estás enfermo, y es necesario que reposes. No solo no eres idiota, Roland, sino que te considero un chico razonable y prudente. Cuando uno está enfermo no puede permitirse ciertas cosas, aunque le apetezcan, y ahora tú no puedes hacer todo lo que hacÃas cuando estabas sano.
Él movió su mano enflaquecida con algo parecido a la indignación.