Damas oscuras
Damas oscuras —¡En ese caso, padre, no estoy enfermo! —exclamó—. Ay, ¡y yo que pensaba que cuando tú vinieras no me pondrÃas pegas…, que entenderÃas el sentido de todo esto! ¿Qué es lo que pensáis que me pasa, todos vosotros? En el caso de Simson lo entiendo, porque él no es más que un médico. Pero tú… ¿qué crees que me pasa? Yo no estoy más enfermo que tú. Un médico, claro, siempre piensa en la enfermedad, le basta con ponerte los ojos encima… Ellos están para eso, para darte una palmadita y mandarte a la cama sin contemplaciones.
—Que es el mejor sitio para ti, teniendo en cuenta tus circunstancias, mi querido niño.
—Yo ya tenÃa decidido —dijo el pequeño— que solo aguantarÃa hasta que tú llegases a casa. «No voy a asustar a madre ni a las chicas», me dije. ¡Pero ahora, padre —exclamó, medio saltando de la cama—, tengo que confesarte que no existe tal enfermedad…! Tan solo se trata de un secreto.
El brillo salvaje de sus ojos y la fuerte pasión que desprendÃa su cara hicieron que el corazón me diera un vuelco en el pecho. No podÃa ser otra cosa aparte de la fiebre, la fiebre atroz que amenazaba su salud. Lo tomé entre mis brazos y lo devolvà al lecho.