Damas oscuras
Damas oscuras —Roland —le dije, tratando de llevarle la corriente a mi sufriente hijo, pues sabÃa que hacerlo era mi única escapatoria—, si quieres contarme ese secreto, y que eso tenga un efecto positivo, debes quedarte muy quieto, tranquilo en la cama, tratando de no excitarte. Si te pones asÃ, no dejaré que sigas hablando.
—SÃ, padre —dijo el niño quedándose quieto como un hombrecito. Me habÃa entendido.
Cuando lo recosté sobre la almohada, me miró con esa mirada agradecida y tierna de los niños enfermos capaz de romperle a uno el corazón, y a mà se me saltaron las lágrimas de pura debilidad.
—Yo estaba seguro de que cuando llegases sabrÃas lo que hay que hacer —repitió.
—Ciertamente, hijo mÃo. Ahora tienes que estar tranquilo y contármelo todo, como un hombre. —¡Pensar que le estaba mintiendo a mi propio hijo! Persuadido de que mi pobre pequeño tenÃa una lesión cerebral, solo me esforzaba por seguirle la corriente.
—SÃ, padre. Padre, hay alguien en el jardÃn…, una persona a quien han maltratado.
—¡Chist, calla, cariño, no digas esas cosas! Acuérdate de lo que te acabo de pedir: no puedes excitarte por nada. A ver, ¿quién es esa persona, y quién lo ha tratado mal? Si eso es cierto, pondremos remedio enseguida.