Damas oscuras
Damas oscuras —¡Ay —se lamentó Roland—, pero no es tan fácil! No sé quién es. Solo escucho su grito. ¡Ah, ojalá pudieses oÃrlo! Se me mete en la cabeza mientras duermo. Lo oà con la claridad más… clara, y ellos creen que lo he soñado…, o que tal vez deliraba… —dijo el niño, esbozando una sonrisa que contenÃa cierta dosis de desdén.
Esa expresión suya me dejó descolocado, porque se me antojó menos febril de lo que habrÃa esperado.
—¿Y tú estás del todo seguro de que no lo has soñado, Roland? —le pregunté.
—¿Soñado… eso? —El niño estaba ya dando otro brinco en la cama cuando de repente pareció caer en la cuenta de algo y, en vez de levantarse, se volvió a tender con la misma sonrisa de antes dibujada en la cara—. El poni también lo escuchó. Saltó como si le hubieran pegado un tiro. Si no le hubiese agarrado de las riendas…, porque yo también me asusté mucho, padre…
—No te avergüences por eso, hijo mÃo —le consolé, sin saber por qué me expresaba asÃ.