Damas oscuras
Damas oscuras —Si no me hubiese agarrado a mi caballo con todas mis fuerzas, como una sanguijuela, me habrÃa tirado de la montura. Hasta que no llegamos a la puerta, no se paró a tomar aliento. ¿Crees que el poni lo ha soñado también? —preguntó, con un blando desprecio en la voz acompañado de cierta indulgencia, como calibrando mi estupidez. Luego añadió estas palabras, que pronunció despacio—: La primera vez fue solo un grito, y asà siguió todo el tiempo, antes de que te fueras. Yo pensaba que se tratarÃa de una liebre o de un conejo atrapado en un cepo, y por la mañana fui a mirar, pero no vi nada. Fue después de marcharte tú cuando distinguà sus palabras por primera vez, y esto es lo que dice. —Se apoyó en un codo para elevarse un poco y aproximarse a mÃ, y me miró a la cara—: «¡Ay, madre, déjame entrar! ¡Ay, madre, déjame entrar!». —Mientras pronunciaba esas palabras, una neblina le nubló el rostro y los labios le temblaron, y yo me di cuenta de que sus suaves rasgos habÃan perdido definición, estaban como distorsionados. Cuando acabó de pronunciar esas escalofriantes frases, sus facciones se habÃan disuelto bajo una cortina de profusas lágrimas.
—Todo esto es muy conmovedor, Roland —le dije.