Damas oscuras
Damas oscuras —¡Ay, padre, ojalá lo hubieses oÃdo! Yo me decÃa: «¡Ojalá padre lo hubiese oÃdo, porque él harÃa algo!». Pero mamá, ya sabes cómo es, obedece a Simson diga lo que diga, y ese tipo es médico, está obsesionado… Opina que todo el mundo debe guardar cama y no piensa en otra cosa.
—No debemos culpar a Simson por ser médico, Roland.
—No, no —corroboró mi hijo, con una tolerancia y una indulgencia encantadoras—. Oh, no, no, eso es lo bueno de él… Solo se limita a cumplir con su función, ya lo sé. Pero tú…, tú eres diferente, tú eres mi padre, y por eso harás algo… Papá, tienes que ir ya, de inmediato, esta misma noche.
—Por supuesto —le dije—. Puede que algún niño se haya perdido y esté vagando solo por ahÃ.
Él me dirigió una mirada repentina, resuelta. Examinaba mi rostro en busca de pruebas de que, después de todo, mi eminencia como padre no daba más de sÃ, de que eso era todo… ¿SerÃa posible? Luego me sujetó por el hombro. SentÃa su mano como una garra apresándolo con fuerza.
—¡MÃrame! —exclamó, con un temblor en la voz—. Supon que no estuviera… ¡ni siquiera vivo!
—Querido niño, ¿cómo puedes haber llegado a esa conclusión, dónde has oÃdo eso? —le pregunté.
Él se separó de mà con un gritito exasperado.