Damas oscuras
Damas oscuras —¡Yo esperaba más de ti, padre!
—¿Acaso intentas decirme que es un fantasma?
Roland retiró la mano. Su semblante habÃa asumido una pose de gran dignidad y gravedad, pero sus labios aún seguÃan temblando levemente.
—Fuese lo que fuese… Tú siempre me has dicho que no debÃamos menospreciar a nadie. Se trataba de algo, de una presencia… que estaba en peligro. ¡Ay, padre, debÃa de ser un peligro horroroso!
—Pero, hijo mÃo —le dije, a punto de perder los estribos—, si era un niño perdido o cualquier otra clase de criatura en apuros… A ver, Roland, ¿qué quieres que haga yo?
—Yo lo sabrÃa si estuviera en tu lugar —dijo el pequeño, enérgico—. Eso es lo que siempre he creÃdo… Me consolaba pensando que mi padre sabrÃa cómo actuar. Ay, papá, papá, tú no comprendes lo que es tener que enfrentarse a esa presencia cada noche, a ese peligro tan horrible, y no saber nunca cómo ayudarla. No quiero llorar, porque llorar es de bebés, ya lo sé, pero… ¿qué puedo hacer si no? Está ahà fuera, solo entre las ruinas, sin nadie que lo socorra. ¡No lo soporto, no lo soporto! —repetÃa, desesperado, mi generoso hijo. Y, débil como estaba, después de hacer muchos esfuerzos por reprimirlo, estalló en un gran ataque de llanto, sollozó y derramó lágrimas como el niño que era.