Damas oscuras
Damas oscuras —Debe de estar allÃ, ahora mismo… Se pasará fuera toda la noche. ¡Ay, papá, piensa que fuese yo en lugar de él! No puedo descansar, de tanto darle vueltas. ¡No! —gritó, apartando mi mano de su cara—, ¡no! Tienes que ir a ayudarlo de inmediato. Madre me cuidará mientras tanto.
—Pero, Roland, ¿qué puedo hacer yo?
Mi hijo abrió entonces los ojos, engrandecidos por la debilidad y la fiebre, y me dedicó una de esas sonrisas cuyo secreto, a mi parecer, solo comparten los niños enfermos.
—Yo sabÃa que tú lo entenderÃas todo en cuanto llegases. Siempre me decÃa que mi padre sabrÃa cómo actuar, y madre… —gritaba, pero a la vez los rasgos de su cara se ablandaron, reposando por fin, y sus miembros se relajaron, su silueta se hundió en la cama con una voluptuosa soltura…—. Madre puede venir ahora y cuidarme.