Damas oscuras
Damas oscuras Cuando mi mujer, atendiendo a mi llamada, llegó, lo vi confiarse a ella con el abandono absoluto de los pequeños. Al salir de la casa, dejándolos allÃ, era el hombre más perplejo de toda Escocia. Debo puntualizar, pese a todo, que algo me consolaba: tenÃa la conciencia considerablemente más tranquila en lo referente a Roland. PodÃa padecer, en efecto, alucinaciones, pero su mente funcionaba con bastante cordura. Yo ya no lo creÃa tan enfermo como los demás. Las niñas se asombraron incluso al ver que me tomaba el asunto con tanta tranquilidad.
—¿Cómo lo has visto? —me preguntaron al unÃsono, rodeándome, agarrándome entre las dos.
—Pensaba que lo encontrarÃa fatal, pero la cosa no es ni la mitad de grave de lo que yo suponÃa —dije yo—. En el fondo, está mucho mejor de lo que parece.