Damas oscuras
Damas oscuras —¡Oh, papá, eres un encanto! —exclamó Agatha, besándome y echándose a llorar sobre mi hombro, mientras la pequeña Jeanie, casi tan pálida como Roland, me atenazó entre sus bracitos, incapaz de pronunciar una palabra. Yo no sabÃa nada, ni la mitad que Simson, pero ellas tenÃan una gran fe en mÃ. Estaban convencidas de que a partir de ese momento todo irÃa bien. Dios es bueno con un hombre cuando hace que sus hijos lo miren de esa manera. Porque eso le infunde humildad, no orgullo. Yo no me merecÃa ese don, lo cual me hizo recordar que debÃa cumplir con la misión encomendada al padre de Roland: ocuparme de su fantasma. A punto estuve de echarme a reÃr, aunque para el caso, también podrÃa haber llorado. Se trataba de la tarea más extraña que se le hubiese asignado jamás a ningún mortal.