Damas oscuras
Damas oscuras Caminamos, por lo que consigo recordar, justo hasta el punto adonde yo había llegado la otra vez, allí donde había oído el suspiro. La oscuridad, sin embargo, era tal que todas mis referencias, árboles o sendas, habían desaparecido. En un momento sentíamos nuestros pies hollando la grava, al siguiente hundiéndose sin hacer ruido en la viscosa hierba, pero eso era todo. Yo había apagado el farol, pues no quería asustar a nadie, fuera quien fuera aquel ser. Bagley me seguía, por lo que pude notar, acompasando con gran precisión sus propios pasos al ritmo de los míos, mientras yo me dirigía, o eso pensaba, hacia la masa informe de la casa en ruinas. Nos pareció que pasábamos mucho rato buscándola a tientas, con la única compañía del chapoteo que producían nuestros pasos sobre el lodo al avanzar. Al cabo de un rato, me quedé parado para reconocer el terreno, o más bien para tratar de averiguar dónde estábamos. En la negritud del entorno reinaba un gran silencio, pero no mayor que el de cualquier noche de invierno. Los sonidos que he mencionado ya (los chasquidos de la leña, los guijarros al rodar por el camino, el murmullo de las hojas secas o de algún reptil deslizándose sobre la hierba) eran audibles si uno aguzaba el oído. Todo esto resulta harto misterioso si la mente de uno no está muy despierta, pero para mí, en aquel momento, eran indicios que me llenaban de alborozo, pues significaban que la naturaleza conservaba la vida, a despecho de la muerte, que provoca el hielo. Mientras estábamos allí parados, nos llegó desde un bosquecillo del valle el prolongado ulular de un búho. Bagley dio un respingo. Parecía nervioso, y todo lo alarmaba, aunque no supiera exactamente de qué tenía miedo. A mí, por el contrario, el sonido me resultó alentador y agradable, pues me reconfortaba poder averiguar su procedencia sin dificultad.