Damas oscuras
Damas oscuras Entonces, repentinamente, de súbito, cerca de nosotros, a nuestros pies, resonó con fuerza un grito. En un primer momento, la sorpresa y el terror me hicieron recular de un gran salto, y al hacerlo, me estrellé contra la misma zona de desnudos ladrillos y ásperas zarzas que me habían llamado la atención la otra vez. Este nuevo sonido, una voz que aullaba quedamente, lastimera, plagada de sufrimiento y de dolor, ascendía desde el suelo. El contraste entre este y el ulular del búho era indescriptible; el segundo era reconfortante por su carácter silvestre y natural, y no podía hacer daño a nadie…, mientras que el primero, que delataba la desolación absoluta de un ser humano, le coagulaba a uno la sangre. A fuerza de andar a tientas durante mucho rato (porque, por mucho que me esforzara por no perder la calma, las manos me temblaban), conseguí quitarle el seguro al farol. La luz botó dentro de él como si fuera algo vivo, inundando con su claridad aquel lugar. Estábamos en el sitio donde se habrían alzado los vestigios del ruinoso edificio si hubiese quedado algo de él aparte del gablete que he descrito antes. Esa fachada en ruinas se hallaba cerca de nosotros, y su recibidor vacío daba directamente a la negrura del exterior. La luz nos mostró el trozo de pared, la hiedra que refulgía sobre ella formando nubecillas verde oscuro, las ramas de los zarzales ondulantes, y por debajo, la puerta abierta (una puerta que no conducía a ninguna parte). Justo desde allí nos llegó la voz que se había extinguido luego, cuando el haz de luz del farol recorrió toda la escena. Había sonado tan cerca y era tan penetrante, provocaba tal congoja, que me produjo una contracción nerviosa que hizo que la lamparita se me escurriera de la mano. Mientras tanteaba en la oscuridad, buscándola, la mano de Bagley, como una garra, se posó sobre la mía. Creo que se había dejado caer de rodillas, pero yo estaba demasiado alterado en ese momento para pensar en mi acompañante. Me agarró firmemente, desorientado a causa del pavor, olvidando todo su decoro habitual.