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Agencia Thompson y Cia_ En ningún otro punto del globo tiene la vegetación aquella energía y aquella exuberancia. En Madeira, nuestros arbustos se convierten en árboles y nuestros árboles adquieren proporciones colosales. Allí, más todavía que en las Azores, se alzan unos al lado de otros los vegetales de los más diversos climas; allí prosperan las flores y los frutos de las cinco partes del mundo. Los senderos están cargados de rosas y basta inclinarse para coger fresas en medio de la hierba.
¡Qué sería, por consiguiente, aquella isla paradisíaca en el instante de su descubrimiento, cuando los árboles, relativamente jóvenes hoy, y muchas veces seculares entonces, alzasen sobre las montañas sus frondas gigantes! No era entonces la isla otra cosa que una vasta selva, sin una pulgada de tierra de cultivo, y el primer gobernador debió emplear el incendio para penetrar allí.
Cuentan las crónicas que el fuego ardió durante seis años consecutivos, y se asegura que la fecundidad del suelo proviene de aquél, tal vez necesario, acto de vandalismo.
Pero, sobre todo, a su feliz clima es al que Madeira debe su espléndida vegetación. Pocos países pueden comparársele bajo este respecto. Menos cálida en estío que las Azores, menos fría en invierno, la temperatura en sus dos estaciones extremas apenas si difiere en diez grados centígrados. Es el paraíso de los enfermos.