Agencia Thompson y Cia_

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—¡Abel…! ¡Abel…! ¡Abel!

Siguió un murmullo. Las cuatro voces se unieron en exclamaciones de angustia, en gritos de ansiedad.

Un hombre grueso pasó corriendo, rozando a Roberto. El hombre gritaba siempre.

—¡Abel…! ¡Abel!

Y el tono desolado era al propio tiempo tan cómico que Roberto no pudo contener una sonrisa.

Por lo demás todo llegó a calmarse. Un grito de muchacho, dos sollozos convulsivos y la voz del hombre gordo, que gritó:

—¡Helo aquí, helo aquí…!; ya lo tengo…

Comenzó de nuevo, aunque atenuado, el ir y venir confuso y general; la ola de viajeros comienza a calmarse… Ya cesa del todo. El último, Thompson, apareció un momento a la luz del pasillo para desaparecer en el acto tras la puerta del salón. Roberto continuaba en su puesto; nadie le buscaba, nadie preguntaba por él, nadie se ocupaba de él.

A las siete y media los marineros subieron a las primeras escalas de la gavia en el palo mayor; se habían fijado ya las luces de posición, verde a estribor y rojo a babor. Todo se hallaba listo para la partida, si la bruma al persistir no la hacía del todo imposible.


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