Agencia Thompson y Cia_
Agencia Thompson y Cia_ Afortunadamente, a las ocho menos diez minutos una fuerte brisa sopló en cortas ráfagas. La niebla se condensó; una lluvia fina y helada disolvió la bruma; en un instante la atmósfera se volvió diáfana; surgieron las luces de posición, tenues, pero visibles.
No tardó en subir al puente el capitán Pip. Su voz potente se destacó en la noche silenciosa:
—¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Preparados para la maniobra!
Se oyó el característico ruido de muchos pies agitándose rápidamente. Los marineros corrían hacia sus puestos. Dos de ellos fueron a colocarse casi debajo de Roberto, prontos a largar, a la primera señal, una amarra que allí estaba sujeta. Nuevamente resonó la voz del capitán:
—¿Lista la máquina?
Una sacudida hizo retemblar la nave, la hélice entró en movimiento; luego llegó una respuesta, respuesta sorda, lejana:
—¡Dispuesta!
—¡Larguen estribor de proa! —gritó nuevamente el capitán.
—¡Larguen estribor de proa! —repitió, invisible, el segundo, en su puesto en las serviolas.
Una cuerda batió el agua con gran ruido. El capitán gritó:
—¡Atrás, una vuelta!