Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna Aguardó un rato con ansiedad y no obtuvo respuesta, ni siquiera un suspiro que indicara que el corazón de sus amigos seguÃa latiendo. Volvió a llamarlos y continuó el mismo silencio.
—¡Cáspita! —dijo—. ¡Parece que han caÃdo de cabeza de un quinto piso! ¡Vaya! —añadió, con su imperturbable confianza—. Si un francés ha podido ponerse de rodillas, dos americanos bien podrán ponerse en pie. Pero ante todo veamos lo que hacemos.
Notaba Ardán que iba recobrando la vida por momentos, su sangre se calmaba y recobraba su circulación acostumbrada. Haciendo nuevos esfuerzos consiguió mantenerse en equilibrio; se levantó, encendió una cerilla y, acercándola al mechero, lo encendió. Entonces pudo cerciorarse de que el recipiente no habÃa sufrido desperfecto alguno, ni el gas se habÃa salido; lo cual, además, ya se lo hubiese revelado el olfato; y tampoco habrÃa podido encender la luz impunemente en semejante caso, porque el gas mezclado con el aire hubiera formado una mezcla detonante cuya explosión habrÃa acabado lo que tal vez habÃa empezado a hacer la sacudida.
Asà que tuvo encendida la luz se acercó Ardán a sus compañeros, cuyos cuerpos estaban uno sobre otro, como masas inertes; Nicholl encima y Barbicane debajo.