Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna En el disco movible, que habÃa descendido hasta el fondo, por haber cedido los tabiques elásticos y salida del agua, yacÃan tres cuerpos sin movimiento. ¿Respiraban todavÃa Barbicane, Nicholl y Miguel Ardán, o aquel proyectil no era ya más que un sepulcro de metal que llevaba tres cadáveres a través del espacio?
Pocos minutos después de la salida, uno de los tres cuerpos se movió, agitó los brazos, levantó la cabeza y, por fin, se puso de rodillas. Era Miguel Ardán, el cual, después de palparse y lanzar un suspiro estrepitoso, dijo:
—Miguel Ardán está completo; vamos a ver los demás.
Y el decidido francés quiso levantarse, pero no pudo tenerse en pie; su cabeza vacilaba y sus ojos, inyectados en sangre, no veÃan; parecÃa, un hombre embriagado.
—¡Demonio! —exclamó—. Esto me hace el mismo efecto que dos botellas de «Cordon»; pero me es menos agradable al paladar.
El valiente francés.
Pasándose luego la mano por la frente y frotándose las sienes, gritó con fuerza:
—¡Nicholl! ¡Barbicane!