Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna En este último caso el proyectil debÃa llegar a su máximum de velocidad; y en el primer caso, quedarse en el mÃnimum. Ahora bien, indudablemente marchaba hacia su punto aposelenÃtico, y Barbicane pensaba con razón que su velocidad decrecerÃa hasta este punto, para aumentar de nuevo a medida que volviera a acercarse a la Luna. Y la velocidad serÃa nula, si aquel punto se confundÃa con el de atracción igual.
Barbicane estudiaba las consecuencias de aquellas diferentes situaciones y trataba de averiguar el partido que podrÃa sacar de cada una de ellas, cuando fue interrumpido en sus meditaciones por un grito de Miguel Ardán.
—¡Vive Dios! —exclamó Miguel—. Hay que confesar que somos tontos de capirote.
—No digo que no —respondió Barbicane—. Pero, ¿por qué?
—Porque tenemos un medio bien sencillo de retardar esa velocidad que nos aleja de la Luna y no lo empleamos.
—¿Qué medio es ése?
—Utilizar la fuerza de retroceso de nuestros cohetes.
—Verdad es que no hemos aprovechado esa fuerza —respondió Barbicane—, pero la aprovecharemos.
—¿Cuándo? —preguntó Miguel.