Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —Lo creo, porque vos lo decÃs —respondió, sonriendo, el teniente Bronsfield.
—Claro es que no puede dudarse de su llegada —dijo otro de los oficiales—. El proyectil habrá llegado a la Luna en el momento del plenilunio, el 5, a medianoche. Estamos a 11 de diciembre, lo que hace seis dÃas. En seis veces veinticuatro horas, sin oscuridad, hay tiempo para instalarse, cómodamente. Me parece estar viendo a nuestros valientes compatriotas acampando en el fondo de un valle, a la orilla de un arroyo selenita, cerca del proyectil, medió enterrado por la caÃda, entre residuos volcánicos, y al capitán Nicholl empezando sus operaciones, mientras que Barbicane pone en limpio sus apuntes. Miguel Ardán embalsama las soledades lunares con el perfume de sus «abonos».
«Me parece estar viendo a nuestros valientes compatriotas».
—¡Asà debe ser! —exclamó el joven guardiamarina, entusiasmado por la descripción ideal de su superior.
—Es de creer —respondió el teniente, que no se entusiasmaba tanto—. Desgraciadamente nos faltarán siempre noticias directas del mundo lunar.
—Perdone, mi teniente —dijo el guardia—; yo opino que el presidente Barbicane puede escribirnos.
Una explosión de risa acogió esta respuesta.