Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna En efecto, el pobre perro no habÃa podido sobrevivir a sus heridas; estaba muerto y bien muerto. Miguel Ardán miraba, desconcertado, a sus amigos.
—Ahora veo un inconveniente —dijo Barbicane—. No podemos tener aquà el cadáver de ese perro durante cuarenta y ocho horas.
—Seguramente —respondió Nicholl—, pero las lumbreras tienen bisagras de manera que se pueden abrir. Abriremos una y arrojaremos el cadáver al espacio.
El presidente reflexionó un instante sobre la decisión a tomar, y aclaró:
—SÃ, eso habrá que hacer, aunque tomando precauciones.
—¿Por qué? —preguntó Miguel.
—Por dos razones que comprenderás —respondió Barbicane—. La primera es el aire del proyectil, que es preciso tener cuidado de no perderlo.
—¿Qué importa, si lo rehacemos?
—No lo rehacemos sino en parte; rehacemos solamente el oxÃgeno, amigo Miguel; y a propósito, hay que cuidar mucho que el aparato no produzca una cantidad excesiva, porque esto podÃa ocasionar trastornos fisiológicos de gravedad. Pero si rehacemos el oxÃgeno no rehacemos el nitrógeno, vehÃculo que los pulmones no absorben y que debe quedar intacto, pues este nitrógeno se escaparÃa con rapidez por la abertura de las lumbreras.