Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —¡Oh! ¿Tanto tiempo se necesita para arrojar a ese pobre Satélite? —preguntó Miguel.
—No mucho, pero de todos modos es preciso hacerlo con la mayor rapidez posible.
—¿Y la otra razón? —preguntó Miguel.
—La otra razón es que no conviene dejar penetrar en el interior del proyectil los fríos exteriores, que son excesivos, so pena de exponernos a quedar helados.
—Sin embargo, el Sol…
—El Sol calienta nuestro proyectil, que absorbe sus rayos, pero no calienta el vacío en que flotamos. Donde no hay aire, no hay calor ni luz difusa, y así como reina oscuridad, reina frío, allí donde no llegan directamente los rayos del Sol. Esta temperatura no es sino la producida por la estelar, es decir, la que sufriría el globo terrestre si el Sol se apagara un día.
—Lo cual no es de temer —respondió Nicholl.
—¿Quién sabe…? —añadió Miguel Ardán—. Además, aun admitiendo que el Sol no se apague, ¿no puede suceder que la Tierra se aleje de él?
—¡Vaya! —exclamó Barbicane—. Ya sale Miguel con sus ocurrencias.