Ante la bandera

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Me aproximo a Tomás Roch, que no se fija en mí… Ya estoy a su lado. El no parece reconocerme. No hace un solo movimiento. Sus ojos, que brillan intensamente, no cesan de recorrer el espacio. Feliz de respirar aquella atmósfera vivificadora, cargada de emanaciones salinas, su pecho se hincha en largas aspiraciones. A este aire oxigenado se une la luz de un sol esplendoroso, cuyos rayos le bañan por completo. ¿Se da cuenta del cambio de su situación? ¿No se acuerda ya de Healthful-House, del pabellón 17, de su guardián Gaydón? Es muy probable. El pasado se ha desvanecido de su cerebro, y sólo para el presente, vive.

Pero, en mi opinión, sobre el puente de la Ebba, en plena mar, Tomás Roch es siempre el loco al que he cuidado durante diez y ocho meses. Su estado intelectual no ha cambiado, y su razón no le volverá mas que cuando se le hable de sus descubrimientos. El Conde de Artigas conoce esta disposición mental por haber hecho la experiencia de ella durante su visita a Healthful-House, y evidentemente piensa, merced a esta disposición, sorprender, tarde o temprano, el secreto del inventor.

—¡Tomás Roch! —le he dicho.

Mi voz le conmueve, y después de haber fijado sus ojos un instante en mí, los vuelve vivamente.


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