Ante la bandera

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Cojo su mano, se la estrecho, pero él la retira bruscamente, y se aleja sin haberme reconocido, dirigiéndose a la popa de la goleta, donde se encuentran el ingeniero Serko y el capitán Spada.

¿Tiene el pensamiento de dirigirse a uno de estos hombres, y si ellos le hablan les responderá?

En este momento su rostro acaba de iluminarse con un rayo de inteligencia, y su atención, no es posible dudarlo, está atraída por la marcha de la goleta.

Efectivamente, sus ojos se fijan en la arboladura de la goleta, que corre rápidamente por la superficie de aquellas aguas tranquilas.

Tomás Roch retrocede. Va a babor, se detiene en el sitio en que debía haber una chimenea si la Ebba fuese un steam-yate; una chimenea de la que se escaparían masas negruzcas de humo.

Lo que me ha asombrado a mí, parece asombrar a Tomás Roch. No puede explicarse lo que para mí es inexplicable, y, como yo, va a la popa para ver cómo funciona la hélice.

Por los flancos de la Ebba saltan gran número de marsuinos. Hacen cabriolas al paso de la Ebba y se sumergen en su elemento natural con maravillosa ligereza. Tomás Roch no los ve, no los sigue con la mirada, y se inclina hacia fuera. El ingeniero Serko y el capitán Spada se aproximan a él, temiendo que caiga al mar; le sujetan con mano firme y le llevan al puente.


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