Ante la bandera
Ante la bandera Mi mirada se extiende en una media milla. Si no distingo el barco de comercio, debe esto obedecer a que se encuentra estacionado a babor de la Ebba por la parte que yo no puedo ver.
Oigo un ruido, y la llave juega en la cerradura de mi puerta. Empujo ésta, que se abre, subo por la escala de hierro y pongo el pie en el puente en el momento en que los marineros cierran la escotilla de proa.
Busco al Conde de Artigas con los ojos…
No está allí… Sin duda no ha abandonado su camarote.
El capitán Spada y el ingeniero Serko vigilan el arrumaje de algunos fardos que, sin duda, acaban de ser retirados de la cala y, transportados a popa.
Esta operación explica las idas y venidas que he oído al despertar. Es evidente que si la tripulación ha comenzado a subir las mercancías, nuestra llegada al fin del viaje está próxima.
No estamos, pues, lejos del puerto, y la goleta atracará en él dentro de algunas horas.
Pero ¿y el velero que estaba a babor nuestro? Debe permanecer en el mismo sitio, puesto que la brisa no se ha levantado desde la víspera. Mis miradas van en aquella dirección.
El barco ha desaparecido, el mar está desierto… No se ve un navío ni una vela en el horizonte, ni hacia el Norte ni hacia el Sur.