Ante la bandera
Ante la bandera —Embarquémonos…
—¡Embarcar! —respondo.
—SÃ… En el tug… ¡Pronto!
Como siempre, no me queda más recurso que obedecer estas palabras imperiosas, y me monto en el empalletado.
En este momento, Tomás Roch sube al puente acompañado de un marinero. Me parece muy tranquilo o indiferente. No opone resistencia a pasar a bordo del remolcador. Cuando está a mi lado, en el orificio de la escotilla, el Conde de Artigas y el ingeniero Serko se reúnen a nosotros.
Respecto al capitán Spada y a la tripulación, quedan en la goleta, menos cuatro hombres que se embarcan en el bote que acaba de ser echado al mar.
Estos hombres llevan un largo y grueso cabo, probablemente destinado a espiar la Ebba al través de los arrecifes. ¿Existe, pues, en medio de estas rocas una ensenada donde el yate del Conde de Artigas encuentre un seguro abrigo contra las olas? ¿Está aquà el puerto de escala?
Separada la Ebba del tug, el cabo que la une a la canoa se tiende, y media encabladura más allá, los marineros van a amarrarla en argollas de hierro sujetas a las rocas. Entonces los marineros espÃan lentamente la goleta.
