Ante la bandera
Ante la bandera Tomás Roch fue, pues, despedido. Tal vez entonces hubiera sido conveniente procurar impedir que llevase su invento a otra parte. No se hizo, y fue una torpeza. Llegó lo que debía llegar. Bajo el peso de una irritabilidad creciente, los sentimientos de patriotismo, que son la esencia misma del ciudadano —el que antes de pertenecerse pertenece a su país—, se obscurecieron en el alma del inventor caído. Pensó en otras naciones; pasó la frontera, y olvidando el pasado, ofreció el Fulgurador Roch a Alemania.
El Gobierno, después de conocer las exorbitantes pretensiones de Tomás Roch, rehusó recibir su comunicación. Además, se acababa de poner en estudio la fabricación de un nuevo aparato balístico de guerra, y se creyó poder desdeñar el del inventor francés.
A la cólera de éste se unió el odio; un odio instintivo contra la humanidad, sobre todo después del mal éxito de sus pretensiones en el Consejo del Almirantazgo de la Gran Bretaña. Como los ingleses son gente práctica, no rehusaron desde luego las proposiciones de Roch; le tantearon, procuraron engañarle con artificios. Tomás Roch no quiso oír nada. Su secreto valía millones, y él obtendría esos millones o guardaría su secreto. El Almirante acabó por romper sus relaciones con él.

Tomás Roch