Ante la bandera

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Por la tarde, en el momento en que salía con la firme intención de obtener una audiencia del Conde de Artigas, le veo que sube de las orillas del lago. Sea que no me ha visto, o que no quiera hablarme ha apresurado el paso, y no me ha sido posible alcanzarle.

—Es preciso, sin embargo, que me reciba —me he dicho.

Acelero el paso y me detengo ante la puerta de la habitación, que acababa de cerrarse.

Una especie de diablo, de origen malayo, muy obscuro de color, aparece en seguida en el umbral, y con voz ruda me ordena que me aleje.

Resisto a la orden, o insisto repitiendo dos veces esta frase en buen inglés:

—Prevén al Conde de Artigas que deseo ser recibido por él ahora mismo.

Como si me hubiera dirigido a las rocas de Back-Cup. Este salvaje no comprende, sin duda, una palabra de inglés, y no me responde más que con un aullido amenazador.

Me acomete la idea de forzar la puerta, de gritar de modo que el Conde me oiga. Pero, según toda probabilidad, esto no produciría más resultado que provocar la cólera del malayo, la fuerza del cual debe ser hercúlea.

Dejo, pues, para otro momento la explicación que se me debe, y que, mas tarde o más temprano, obtendré.


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