Ante la bandera
Ante la bandera —No tengo razón alguna que oponer, señor Gaydón —responde el ingeniero Serko—. La pretensión de usted es fundadÃsima. Repare usted, no obstante, que aquà vivimos en una noble y soberbia independencia, que no dependemos de ninguna potencia extranjera; que escapamos a toda autoridad, que no somos súbditos de ningún Estado del antiguo ni del nuevo Mundo. Esto merece ser considerado por quien tenga una alma orgullosa. Y, además, ¡qué recuerdos evocan, en un espÃritu cultivado, estas grutas que parecen haber sido hechas por la mano de los dioses, y en las que en otra época oÃan sus oráculos por boca de Trophonius!
Decididamente, al ingeniero Serko le agradan las citas de la fábula. ¡Trophonius después de Plutón y de Neptuno! ¿Cree que un guardián de hospital conoce a Trophonius? Es claro que continúa burlándose, y llamo en mi ayuda a toda mi paciencia para no responderle en el mismo tono.
—Hace un instante —digo con voz breve— he querido entrar en esa habitación, que es, si no me engaño, la del Conde de Artigas, y se me ha impedido.
—¿Por quién, señor Gaydón?
—Por un criado del Conde.
—Probablemente obedecerÃa órdenes recibidas.
—Sin embargo, es preciso que el Conde de Artigas me escuche.