Ante la bandera
Ante la bandera Después de haber pasado algunos años en los criaderos de oro de Australia, donde trabó relaciones con el ingeniero Serko y el capitán Spada, Ker Karraje llegó a apoderarse de un navío en el puerto de Melbourne, de la provincia Victoria. Unos treinta canallas, cuyo número se triplicó bien pronto, se hicieron sus compañeros. En aquella parte del Océano Pacífico, donde la piratería es todavía tan fácil y, digámoslo, tan fructífera, ¡cuántos barcos fueron apresados, cuántas tripulaciones asesinadas, cuántas batidas organizadas en ciertas islas del Oeste, que los colonos no tenían fuerza para defender! Por mas que el navío de Ker Karraje, mandado por el capitán Spada, hubiera sido señalado varias veces, jamás fue posible apoderarse de él. Parecía que tenía la facultad de desaparecer a su voluntad en medio de aquellos laberínticos archipiélagos, cuyos pasos y ensenadas conocía perfectamente.
El espanto reinaba, pues, en aquellos parajes. Los franceses, los ingleses, los alemanes, los americanos, enviaron inútilmente barcos en persecución de aquella especie de navío espectro, que salía no se sabía de dónde, se ocultaba de la misma manera, después de los pillajes y las matanzas que se desesperaba de poder impedir o castigar.