Ante la bandera

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Claro es que nadie hubiera podido sospechar que el Conde de Artigas era el antiguo pirata del Pacífico, ni el ingeniero Serko el más atrevido de sus compañeros. No se veía en él más que un extranjero de elevada alcurnia, de gran fortuna, y que desde hacía un año frecuentaba con su goleta Ebba los puertos de los Estados Unidos, pues la goleta había sido dada al mar antes de que se terminara la construcción del tug.

No exigió este trabajo menos de diez y ocho meses. Una vez terminado el nuevo barco, excitó la admiración de cuantos se interesaban en los aparatos de navegación submarina. Por su forma exterior, su disposición interior, su sistema para el renuevo del aire, su estabilidad, su rapidez de inmersión, su facilidad para la evolución, su forma para ser dirigido, su extraordinaria velocidad, la energía de las pilas, a las que debía su fuerza mecánica, resultaba más perfecto que los sucesores de los Goubet, Gymnote y Zede, y otras muestras ya muy perfeccionadas en aquella época.

Pronto iba a verse, pues tras algunos ensayos de gran resultado se hizo una experiencia pública en alta mar, a cuatro millas de Charleston, en presencia de numerosos navíos de guerra, de comercio y de recreo, americanos y extranjeros, convocados con este objeto.


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