Ante la bandera

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Se ve cuál es mi pensamiento constante… ¡Huir…, huir por cualquier medio de este escondrijo! Pero la fuga no es posible más que por el túnel, con el barco submarino. ¿No es una locura pensar en esto? Sí… Locura… Y, sin embargo, ¿hay otro medio para evadirse de Back-Cup?

Mientras me entrego a estas reflexiones, las aguas del lago se separan a veinte metros del muelle para dejar paso al tug. Casi en seguida ábrese la escotilla, y el maquinista Gibson y los marineros suben a la plataforma. Otros corren a las rocas para recibir un cable. Cogido y amarrado el barco, queda en su sitio de costumbre.

Esta vez, pues, la goleta navega sin ayuda de su remolcador, el que no ha salido más que para conducir a Ker Karraje y a sus compañeros a bordo de la Ebba, y sacarla de los pasos del islote.

Esto me afirma en la idea de que este viaje no ha tenido otro objeto que ganar uno de los puertos americanos, en donde el Conde de Artigas podrá procurarse las materias que componen el explosivo y mandar construir los aparatos en alguna fábrica. Luego, el día fijado para su regreso, el barco submarino volverá a pasar el túnel, se reunirá a la goleta, y Ker Karraje regresará a Back-Cup.

Decididamente los propósitos de ese bandido están en vías de ejecución, y esto marcha más de prisa que lo que yo suponía.


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