Ante la bandera
Ante la bandera Lo que había sido el pasado del Conde de Artigas, las diversas peripecias de una existencia misteriosa, lo que era su presente, el origen de su fortunaevidentemente considerable, puesto que le permitía vivir con gran fausto—, el sitio en que se encontraba su residencia habitual, o por lo menos el puerto de anclaje de su goleta, ni lo hubiera podido decir nadie, ni nadie se hubiera atrevido a interrogarle sobre este punto; tan poco comunicativo se mostraba. No parecía hombre que se comprometiera en una interview, ni aun en provecho de los reporters americanos.
Lo que se sabía de él era únicamente lo que referían los periódicos cuando señalaban la presencia de la Ebba en algún puerto, y particularmente en los de la costa oriental de los Estados Unidos. Allí, en efecto, la goleta iba casi en épocas fijas a aprovisionarse de cuanto es preciso para las necesidades de una larga navegación. Y no solamente se avituallaba de provisiones de boca, harina, bizcocho, conservas, carne seca y fresca, vacas y carneros, sino también de vestidos, utensilios, objetos de lujo y de necesidad, pagado todo a altos precios, ya en dólares, ya en guineas o en otra clase de moneda de diverso origen.
Dedúcese de aquí que, si no se sabía nada de la vida privada del Conde de Artigas, era muy conocido en los diversos puertos del litoral americano, desde los de la península floridiana hasta los de Nueva Inglaterra.