Ante la bandera
Ante la bandera LimÃtome, pues, a contar que la vÃspera, a eso de las ocho de la noche, me paseaba por el ribazo, después de haber visto a Tomás Roch que se dirigÃa a su laboratorio, cuando tres hombres me sujetaron por la espalda. Amordazáronme, vendaron mis ojos y me sentà arrastrado, y descendido después por una especie de agujero con otra persona, en cuyos gemidos creà reconocer a mi antiguo pensionista. Pensé que estábamos a bordo de un aparato flotante, y, naturalmente, que éste debÃa ser el tug, ya de vuelta. Parecióme luego que el aparato se hundÃa en las aguas. Un choque me arrojó al fondo del mismo… Faltóme el aire, y, finalmente, perdà el conocimiento. Esto era cuanto sabÃa.
El ingeniero Serko me escucha con profunda atención, la mirada dura, el ceño adusto… Y, sin embargo, nada le autoriza a pensar que yo no digo verdad.

—¿Pretende usted que tres hombres se han arrojado sobre ustedes? —me pregunta.
—SÃ…, y he creÃdo que eran gente de ustedes… Pero no los he visto aproximarse… ¿Quiénes fueron?
—Extranjeros que usted ha debido conocer por su idioma.
—No han hablado.
—¿No sospecha usted su nacionalidad?
—No.