Ante la bandera
Ante la bandera —En perfecto estado de salud… ¿Qué ha pasado? —insiste con imperio.
—Ante todo, dÃgame usted qué ha sido de… los otros.
—¿Qué otros? —responde Serko, cuyos ojos me miran de mala manera.
—Los hombres que se han arrojado sobre mà y sobre Tomás Roch; los que nos han amordazado…, arrastrado…, encerrado… no sé en dónde.
El mejor partido que puedo tomar es sostener que he sido vÃctima de una sorpresa aquella noche, de una brusca agresión, en la que no he tenido tiempo de reconocer a los autores.
—Esos hombres… —responde el ingeniero Serko—. Ya sabrá usted cómo ha terminado el asunto para ellos… Pero antes quiero saber cómo han pasado las cosas.
En el amenazador tono de su voz al hacerme la pregunta por tercera vez, comprendo las sospechas de que soy objeto. Y no obstante, para poder acusarme de estar en relaciones con el exterior, preciso serÃa que el barrilillo que contiene el documento que dejo transcrito hubiera caÃdo en manos de Ker Karraje, cosa que no es posible, puesto que ha sido recogido por las autoridades de las Bermudas. AsÃ, pues, la acusación no tendrÃa nada serio a mis ojos.