Ante la bandera
Ante la bandera Vencido ante tal degeneración moral, y sin saber a qué sitio tocar en aquella naturaleza ulcerada, retrocedo poco a poco hacia la puerta del laboratorio. No me queda más que retirarme. Lo que debe cumplirse se cumplirá, puesto que no está la en mi mano impedir el terrible desenlace del que sólo algunas horas nos separan.
Tomás Roch parece haber olvidado que yo me encuentro allÃ, como ha olvidado toda nuestra conversación. Ha vuelto a sus manipulaciones sin cuidarse de que no estaba solo.
No hay más que un medio para evitar la inminente catástrofe: arrojarme sobre Tomás Roch, golpearle, matarle. ¡SÃ, matarle! Es mi derecho. Es mi deber.
No tengo armas, pero sobre la mesa veo unas herramientas: un cuchillo, un martillo. ¿Qué me impide aplastar la cabeza del inventor? Los navÃos podrán aproximarse, desembarcar sus hombres en Back-Cup, demoler el islote a cañonazos. Ker Karraje y sus cómplices serán destruidos. Ante una muerte que traerá el castigo de tantos crÃmenes, ¿puedo yo dudar?
Me dirijo hacia la mesa. Allà hay un cuchillo de acero. Voy a cogerle. Tomás Roch se vuelve.
Es demasiado tarde. Se entablarÃa una lucha. La lucha significa el ruido. Se oirÃan los gritos. Aun hay algunos piratas por aquel lado. Oigo sus pasos. No tengo más tiempo que el preciso para huir si no quiero ser sorprendido.