Ante la bandera

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—¡Diez millones! —exclamó Tomás Roch—. ¡Diez millones por un Fulgurador cuyo poder es diez millones de veces superior a cuanto se ha hecho hasta aquí! ¡Diez millones por un motor autopropulsivo que puede, al estallar, extender su poder destructivo sobre millares de metros cuadrados! ¡Diez millones el solo deflagrador capaz de provocar su explosión! Todas las riquezas del mundo no bastarían para pagar mi invento, y antes que entregarle por ese precio, me cortaría la lengua con los dientes. ¡Diez millones, cuando vale un milliard… un milliard… un milliard[1]!

Tomás Roch, cuando se trataba con él del asunto de su invento, mostrábase como hombre al que falta toda noción y medida de las cosas. Aunque Gaydón le hubiera ofrecido diez milliards, aquel insensato, en su locura, hubiera exigido más.

El Conde de Artigas y el capitán Spada no habían dejado de observarle desde el principio de la crisis: el Conde siempre flemático, por más que su frente se hubiera ensombrecido; el capitán, moviendo la cabeza como un hombre que pensara: «¡Decididamente, nada se puede hacer con este desdichado!»

Tomás Roch huyó de aquel sitio, y corría gritando con voz ahogada por la cólera:

—¡Milliard! ¡Milliard!


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